Imagina que tu atención es un foco muy potente… pero con un haz estrechísimo. Todo lo que queda fuera de ese haz, aunque esté delante de tus ojos, puede volverse literalmente invisible. La ceguera por falta de atención (“Inattentional blindness”) es cuando no ves algo a priori llamativo porque tu mente está ocupada en otra tarea relevante que ocupa su atención. No es que tengas un problema de vista, es que tu sistema de atención decide que eso no es lo importante ahora, y ni siquiera llega a la conciencia.
Por ejemplo: vas escribiendo un WhatsApp mientras caminas por la calle y, cuando llegas a casa, no recuerdas haber pasado delante de una tienda nueva o haberyr cruzado con alguien conocido. La tienda y la persona estaban ahí, tu retina incluso pudos registrarlas, pero tu foco cognitivo estaba en la pantalla.
El clásico moderno es el experimento de Simons y Chabris (1999), conocido como “el gorila invisible”. Se muestra un vídeo con dos equipos de baloncesto pasándose una pelota y se pide al espectador que cuente los pases de uno de los equipos. En medio de la escena, una persona disfrazada de gorila entra, se planta en el centro, se golpea el pecho y se va. Lo chocante es que alrededor de la mitad de las personas no ve al gorila en absoluto. Si les preguntas después “¿notaste algo raro?” dicen que no, y cuando se les repite el vídeo, se sorprenden de cómo pudieron no verlo. Este experimento demuestra que nuestra percepción consciente no es una “grabación continua”, sino una construcción selectiva que depende de dónde está la atención.
Caminar con móvil provoca «ceguera de atención»
Años después, Ira Hyman y su equipo llevaron la idea al mundo real con el famoso estudio del payaso en monociclo en un campus universitario. Observaron a personas caminando por una plaza y las clasificaron en cuatro grupos:
- Hablando por el móvil.
- Escuchando música.
- Caminando solas sin aparatos.
- Caminando en pareja.
En una primera parte vieron que quienes hablaban por teléfono caminaban más despacio, se desviaban más de su trayectoria y prestaban menos atención a los demás. En la segunda parte, un payaso en monociclo recorría la plaza haciendo algo totalmente fuera de lo normal; después, los investigadores preguntaban a los peatones si habían visto “algo extraño”. Resultados: Solo un 25% de las personas que hablaban por móvil notó al payaso. En los otros grupos, las tasas rondaban la mitad o más (cerca del 50–70%, según condición). La conclusión fue clara: hablar por teléfono induce una ceguera atencional muy fuerte, mucho más aún que estar hablando con alguien en el mismo lugar.
Pero más allá de una conversación en tiempo real, con los smartphones el fenómeno se ha vuelto omnipresente. Un estudio con 2556 peatones analizó qué hacían con el teléfono (llamar, escuchar música, mandar mensajes, jugar, navegar) mientras cruzaban y si se daban cuenta de un asistente disfrazado de payaso que se cruzaba con ellos tocando el himno nacional desde su propio móvil. Jugar (por ejemplo, Pokémon Go) era la actividad más asociada con inattentional blindness: más gente no veía al payaso ni oía la música. Había también “sordera por falta de atención” (inattentional deafness): muchas personas no percibían sonidos relevantes del entorno. Factores que aumentaban la distracción y el riesgo: pantallas grandes (≥5”), tarifa de datos ilimitada y ser estudiante.
El cuadro que se dibuja es claro: no todas las tareas en el teléfono distraen igual, pero las más exigentes cognitivamente (juegos, multitarea intensa con apps) deterioran mucho la conciencia de lo que está pasando a tu alrededor. No es solo “voy un poco más despistado”: es “hay cosas grandes y evidentes que ni existen para mí”.
Los smartphones nos están robando la atención
En términos de seguridad, revisiones sobre peatones indican que una proporción significativa (alrededor de una cuarta parte en algunos campus) cruza intersecciones usando el smartphone, con más casi accidentes y errores al evaluar el tráfico
A esto se suma, según un artículo de New York Times, la postura encorvada, la cabeza inclinada hacia la pantalla y la mirada clavada hacia abajo, que se asocia con peor estado de ánimo y sensación de menor control, comparado con caminar erguido mirando al frente. Además, reducimos la velocidad de la marcha (aunque no para disfrutar de nuestro entorno) y damos pasos más cortos, cautelosos. Es decir, el dispositivo no solo roba atención visual, sino que también modula cómo nos movemos y cómo nos sentimos, y todo eso influye en lo qué percibimos e ignoramos.
De toda esto podemos quedarnos con varias ideas sólidas:
- Nuestra sensación subjetiva de “me entero de todo” es poco fiable: Los mismos que no ven al gorila o al payaso estaban convencidos de que notarían algo así.
- La atención es muy limitada: cuando nos concentramos en una tarea (contar pases, hablar por teléfono, jugar en el móvil), el resto del mundo se vuelve borroso o invisible a nivel consciente.
- La conversación telefónica y algunas actividades con el smartphone son especialmente intrusivas, mucho más que escuchar música o hablar con alguien que está físicamente a tu lado.
- Es un fenómeno visual y auditivo; no es solo que “no miremos”, es que nuestro sistema de selección de información filtra estímulos completos.
Obviamente, no es que el móvil nos haga tontos, pero si que tenemos que estar atentos a la evidencia que apunta a un límite estructural del sistema de atención humano. El móvil es capaz de robarnos la mayor parte de nuestros recursos de atención.
Una herramienta contra la ceguera de atención: impro
Cuando estoy improvisando, no trato solo de “tener ideas rápidas”, sino de sostener una acción mientras mantengo el radar abierto a todo lo que ocurre a mi alrededor, de allí podrán llegarme las ideas. Entreno el poder estar metido en una tarea concreta sin perder la capacidad de percibir un cambio de energía, una mirada del compañero, una reacción del público o un detalle del espacio. Esa disponibilidad de atención es el resultado de practicar, una y otra vez, cómo volver al presente, cómo escuchar de verdad y cómo dejarme impactar por lo inesperado que aparece en escena.
De igual manera, cuando entreno a un grupo, espero que esa misma actitud que refuerzo en el taller de impro se traslade al día a día, para que vivan en modo impro. Les propongo ejercicios y herramientas para que, incluso cuando están centrados en una tarea (un informe, una reunión, un trayecto por la calle), puedan seguir disponibles a lo que pasa alrededor: un cambio de contexto, una necesidad de otro, una oportunidad que no estaba en el plan. No es cuestión de que hagan más cosas a la vez, sino que afinen la calidad de su atención mientras están en una tarea, de forma que recuperen la capacidad de responder al entorno con flexibilidad y presencia, en lugar de moverse por inercia o piloto automático.
Consultoría de Improvisación Aplicada a Equipos

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